El viejo Iñigo Olaechea está anclado en el corazón de muchos de nosotros. Le hablo a la grey de mi niñez, ese grupete de gocetas que no sé por dónde andará. En la diáspora o en esta misma ciudad, cada quien haciendo su vida.

De aquellos días, y sé que lo recordarán, el sábado era el mejor. El viejo se iba de caza con los cinco chicos a la sabana y dejaba a las hijas encargadas del negocio y el hogar con Ergiña Portuondo, la matriarca. Así se apellidaba la mujer como la cantante cubana preferida de mi madre. Así estaba escrito en el disco de acetato que sonaba en casa en las mañanas: ‘Solo boleros, por Omara Portuondo’.

Los sábados, mientras algunas de las hijas atendían el negocio, otras ayudaban en el hogar. Más de uno, menos yo por tímido, se deslizó hacia una habitación o un rincón con alguna de ellas. Y aunque mi atención se centraba en Naiara, la menor, no puedo negar la emoción que nos producía ver andar sin desparpajo, por la amplia sala de la casa a las tres hermanas mayores, recién salidas de la adolescencia, con nombres que ahora no preciso, pero que recordaré cuando los oiga por ahí, en alguna esquina del Caribe.

La mayor solía bañarse en una especie de biombo en el patio y aunque nos sabía cerca, parecía disfrutar con aquellos ojos que se filtraban por las rendijas del baño improvisado.

De Naiara, se los confieso, no obtuve nada. Lo intenté de múltiples maneras; con poemas en trozos de papel que entregaba un amigo que terminó siendo un Christian de Neuvilette ya que se atribuía los versos como suyos.

II

En el Caribe,creo, todos tenemos un vecino vasco o a alguien cercano que arrastra consigo mucho de aquel país. En mi caso fue el señor Olaechea, apellido que siempre me sonó a la marca de un reconocido producto dermatológico o que me recordaba las jugadas de rutilantes figuras del fútbol argentino o uruguayo de patronímicos con el mismo afijo.

Hombre de voz profunda y nariz gigante cuyos hijos e hijas tenían nombres raros.

Los Olaechea eran un familión. Vivían en una casona de esquina de la que el viejo sacó provecho para montar la mejor tienda de abarrotes de la cuadra.

Caí en cuenta sobre la influencia vasca en el Caribe, cierto día al llegar al edificio de la Biblioteca Nacional a la que acudo cada tanto cuando me percaté que el nuevo vigilante era de apellido Ormaechea.

El carrete de las vivencias de infancia rodó. Iñigo, un hombre bueno en su coraza de carácter fuerte, detrás del mostrador, siempre acompañando sus despachos con frases en otra lengua que repetía en castellano: “La pereza es la ruina”; “lo pasado jamás vuelve”; “Al hierro ha de golpeársele en caliente”… Aquella tienda nunca tuvo un nombre, pero al fondo, entre los estantes, un letrerito rezaba “Somos vascos”.

Alcanzaba con sus manos grandes dulces de colores, llamados ‘bolones’ y en el lenguaje del viejo: ‘gozokis’ que atesoraba en una hilera de frascos transparentes de tapas de madera. Y detrás, los rostros angelicales de Begoña, Arritokieta, Saura, y por supuesto, Naiara, de ojos grises y largo pelo endrino, aunque la belleza era una característica común en las hermanas Olaechea. Los dulces eran un pretexto para acercarnos al mostrador del sabio narigón.

Nunca faltaron las peleas con algún hermano de las chicas. Uno de ellos, Eider, alto y de cara angulosa, era un peleador imbatible que fungía como el cancerbero de las chavalas que, al final, lograban ingeniárselas para birlar la seguridad del celoso hermano.

Eider se trenzó en una agotadora pelea que fue un hito en el barrio, con el hijo del dependiente de la farmacia, un fornido joven, y el único que pudo noquearlo con un gancho de izquierda a su saliente nariz. Al ver su sangre, Eider corrió hasta donde el viejo Iñigo, quien le dijo: “Tu futuro no está en el deporte de las narices chatas”. Tiempo después me enteré que Saura huyó con el némesis de su hermano, y formó una familia.

Ergina era una madre para todos nosotros, porque ante la ausencia del viejo nos dejaba ir más allá del mostrador y entrar a la casona, nos preparaba sopas y pasteles cuyos sabores y olores deben estar hacinados en algún rescoldo de la memoria.

¿Dónde andará, cómo lucirá ?; oh, por Dios, que tontería pensar en Naiara… Ahora puedo reír pero entonces quedé destrozado cuando me lo contaron. Un sábado que no asistí a la casa de los vascos, el travieso pelafustán que llevaba los papelitos la besó en la boca. Y no pude verla más porque, a aquel corazón infantil roto le sobrevino el alejamiento y este sí que fue el claro ejemplo del separatismo. Sucedió muy rápido: mis padres se mudaron a un condominio al otro lado de la ciudad. No supe más de los Olaechea, ni del viejo Iñigo, ni de ella.

En la biblioteca, el vigilante Ormaechea, fue reemplazado por otro, Goyeneche. “Mi apellido es francés” declaró con cierta cara de orgullo el nuevo. Un bibliotecario le respondió: “tu apellido es tan vasco como el del vigilante anterior”.

Entonces ahora que lo pienso, por estos lares todos somos un poco vascos, o llevamos algo de aquel país, o del familión del viejo Iñigo o de un amor como el de Naiara con nosotros.

Pintura Fernando Biberbost (c)

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