El extraviado

I

Afeitarse por enésima vez siempre que el folículo renace. Delicada rutina que deja a ras la hirsuta barba de Samuel Paulsen. Aquella mañana le toma más tiempo. -¡No jodas!, la hoja tropieza un barro-. Presiona el punto para detener el pus con un pedazo de papel que arranca del rollo del baño. Está retrasado. Ya debería estar en la parada del metrobús, maletín en mano, camino a la agencia en la que se desempeñaba como destacado agente vendedor de artículos inteligentes para el hogar. Era el ejecutivo estrella de un circuito cerrado de seguridad que generaba vigilantes virtuales que recorrían los inmuebles para controlar a los amigos de lo ajeno.

“Si algo puede salir mal, saldrá mal”, cita una premisa de Murphy y sonríe ante el espejo. Camina a prisa y Murphy no sale de su cabeza.”Si empiezas a caminar, el autobús llegará precisamente cuando te encuentres a mitad de camino entre las dos paradas”.-Otra perla de Murphy, por favor-.

El frenesí de la agencia había empezado y él apenas se aprestaba a revisar nombres y horario de citas. La voz ronca de la voluptuosa ejecutiva Primavera Sánchez lo sobresalta.

¿Qué tienes en la barba?.

Se siente vulnerable. Una corriente le baja por la nuca porque las manos sedosas y de uñas largas de la mujer, perfectamente pintadas, le escudriñan el mentón.

La mujer saca de un bolso una crema y le aplica sobre el barro mientras habla del impulso de nuevos productos inteligentes que utilizan energías limpias.

A la mañana siguiente, Paulsen, el hombre exitoso del maletín, sale de un sueño con un sobresalto. Sentado en la cama piensa en los detalles: minúsculos gusanos verdes se multiplicaban y se apoderaban de él y todas las cosas en aquella habitación.

– Debes calmarte, es estrés, el cierre del mes, el cumplimiento de las metas, tú sabes- le dice la voz sensual de Primavera al otro lado del teléfono. -Ve a un terapeuta- le recomienda.

II

Toca a la puerta de un especialista:”Doctor Estrés”. Cuenta locuaz al terapeuta los pormenores de sus pesadillas tumbado en un diván. Aquella sesión estaba siendo grabada desde una cámara oculta empotrada en un recodo del cielo raso. Con un chasquido de dedos Paulsen sale de la hipnosis sin recordar lo que había contado.

-Lee y va con frecuencia al cine por lo que veo- le dice el galeno-.

El médico pide un minuto y se dirige a la ventana, toma su celular y marca.

-¿Aló?,-el hombre fija su mirada en la lente de la cámara del circuito cerrado y parece hablarle.

-Estoy confundido, no sé qué pueda ser- le dice a alguien a miles de kilómetros al otro lado de la línea. Al final de la sesión el terapeuta le recomienda un dermatólogo.

-Para su acné-Le extiende a Paulsen una tarjeta en la que se lee “Doctor Piel”-Hace parte de nuestro catálogo de especialistas-.

Unas semanas después las manos enguantadas del otro galeno le revisaban los puntos en la barba con una lupa y una espátula que recoge algo del pus en un portaobjetos.

-Tome estas pastillas y vuelva. Parece un acné común pero revisaré las muestras en el laboratorio-.

Paulsen había pedido una licencia de varios días, ya que sabía que sus pulcros compañeros harían de su acné la comidilla de la oficina.

De vuelta con el doctor Piel este le pasó un sobre. -Son los resultados-. Paulsen abrió el sobre y quedó atónito.

-¿Cáncer de piel?..no puede ser…debe ser un error-.

El galeno trató de calmarlo pero el paciente se salió de casillas y abandonó el consultorio soltándole una andana de improperios.

III

Tres meses después despertaba en una cama de cuidados intensivos pegado a una suerte de cables y tubos que conectaban con pequeños monitores. Con un lento parpadear registraba las siluetas que rodeaban la camilla. Ahí estaban el dermatólogo y el terapeuta, y otros presentes.

A los pies de la camilla, una figura de dos metros treinta centímetros se alzaba descomunal; a su lado, un poco más baja pero no menos impactante, otra silueta estrambótica resaltaba en la habitación: Eran un depredador y un allien, con el aspecto que lucían en la película de los hermanos Greg y Colins Strause. Últimamente se había familiarizado con ellos, ya que en sus pesadillas recurrentes se registraban lo enfrentamientos más crueles entre las dos criaturas.

¿Qué hacían juntas hoy las dos especies sin pelear, y sobre todo observándolo en su lecho de enfermo?. ¿Es este otro sueño? ¿en verdad estoy aquí?, se preguntaba.

El sanedrín de seres lo complementaba un cyborg, tal como lo imaginaba por las lecturas de los relatos de Isaac Asimov; y una enfermera que le tomaba el pulso, una ginoide, igual a la de Auguste Villiers en su novela La Eva Futura.

Alguien con el aspecto del señor Spock, pero el caracterizado por el actor Leonard Nimoy, le saludó: ¿Cómo se siente señor Paulsen?. Quizo contestar pero un individuo idéntico al ingeniero Edward A. Murphy Jr., (el mismo de las leyes) le puso un respirador y evitó que hablara.

-Aunque no me crea le tengo una buena noticia-, le dijo el Murphy de este relato.

-Usted no tiene cáncer ni se está muriendo, solo está sufriendo una mutación desencadenada por una reorganización de su ADN-.

Paulsen pensó que era lo más absurdo que había oído y quiso quitarse la máscara de aire, los tubos, los cables y salir de allí. No podía moverse. De niño quería tener superpoderes pero con la estampa de Clark Kent. Se aventuró a imaginar qué sería de él sin un buen aspecto, ¿qué fotos publicaría en las redes sociales? cómo atendería a sus clientes después de la supuesta mutación de la que le hablaba aquel individuo.

-Pronto despertaré y todo volverá a la normalidad-, confió y cerró los ojos.

¿Es él? preguntó seguidamente el sujeto con cara de Spock a la pareja compuesta por el allien y el descomunal depredador. Ambos asistieron: “Sí, es nuestro hijo extraviado”.

Anuncios

En la lista de espera

Era mediodía en Bisba, un mundo habitado que parecía un durazno y giraba solitario en la punta de un brazo estelar lejano. Había terminado una lluvia de meteoritos que cada ciclo crepuscular tachonaba a una luna gigante que nunca se escondía en la línea del horizonte, pero eso en la cotidianidad de Bisba no era relevante o le importaba poco a sus residentes.
Cuando tomaba una siesta, en una especie de hamaca fabricada por él mismo, desde que conoció el invento artesanal en la Tierra en uno de sus viajes, Fx33, quien era mitad alienígena y mitad androide, se sobresaltó ante la vibración de uno de sus nodos de comunicación interna. A su cerebro llegó un mensaje desde aquel planeta azul que tanto admiraba, pero que poco a poco estaba poniéndose rojo, a tres millones de años luz y en el cual tenía algunos amigos. 
Fx33-Flawiusz, como estaba registrado en su tarjeta cósmica, cerró los ojos y procesó la información recibida. Desde la Tierra, su amigo Marcelo Castell le hacía una petición sobre cómo acceder a hechos y eventos del pasado.
-¿Viajar al pasado? ¿eso es lo que quieres?-
– Si tan solo pudiera ver unos hechos concretos, específicos. Es muy importante para mí, Flawiuz; ¿sabes? se trata de un crimen, y en mi calidad de abogado neófito, sin poder económico ni influencias, es la única carta que puedo jugarme. Quiero conocer cómo sucedieron los hechos…-
Marcelo le escribía a Fx33 desde una tablet, usando una aplicación supersónica que ya era común y cuyos datos viajaban años luz. Las comunicaciones en el cosmos estaban tan masificadas, sin importar la lejanía, que existían, como en el pasado entre los humanos, redes sociales intergalácticas, que facilitaban las relaciones, los ligues, o los amoríos entre las especies. Esa masiva globalización de intercambio genético estaba produciendo una variedad insospechada de seres inimaginables. Se podían ver humanos con ojos almendrados de extraterrestres reticulianos; o como Fx33, que a pesar de su piel gris, era alto y apuesto con un aspecto humanoide.
Marcelo envió toda la información requerida por el extraterrestre para que fuera procesada y dar con el momento justo que buscaba. Se trataba del caso de una hermosa chica de cabellos rubios y ojos ámbar, señalada de haber apretado el gatillo en un callejón sin salida en una noche sabatina, y dar muerte a cuatro sujetos que pretendían violarla. Otra versión apuntaba a que la chica apareció de la nada, y sin mediar palabra acribilló a los sujetos que fumaban en el callejón.
Fx33 introdujo todos los datos en su ordenador, enlazó con su cerebro y se concentró.
Entre tanto, la chica estaba en la lista de espera en una celda por una sentencia que la llevaría a la cámara de gas.
Pasó un ciclo crepuscular en Bisba, que eran unas cuatro semanas en la Tierra y Marcelo no sabía nada de Fx33 y de lo que había visto sobre el homicidio.
Llegó a dudar de todo. Pensó que quizá Fx33 era alguna broma de un amigo y que aquel ser y aquel mundo como un durazno en realidad no existían.
El abogado perdió el caso, y la Policía se topó con que la chica escapó de su celda. La buscaron por todos lados.
En Bisba, un sujeto alto y gris hace la siesta con una humana rubia, apreciando desde una hamaca una lejana lluvia de meteoritos contra la luna gigante que nunca se oculta.

La Navidad del conde

Una tarde de diciembre en Cartagena de Indias, el conde caminaba por la calle del Bouquet, a pasos rápidos enfundado en un gabán oscuro. Unos niños que correteaban por el vado de la calzada lo tropezaron, y huyeron haciéndole mofas. El conde sonrió.

Quizás la soltería prolongada había hecho de Guillermo La Torre, conde del Bouquet, un hombre introvertido.

Esperaba una carta con el sí de la princesa Camila de Santacoloma, a quien, con la anuencia de su madre Elfrida, le había pedido la mano.

Faltaban pocos días para la Navidad, y aquella se respiraba triste y solitaria, como muchas anteriores, para el enigmático conde.

En medio de sus cavilaciones llegó a casa. El portón estaba abierto. La maleza en la terraza frontal era alta. Cuatro palmeras formaban arcos junto a los ventanales principales.

La oscuridad era ya frecuente en la residencia. El chirrido de la puerta principal se extendió por todo el salón hasta el fondo.

Encendió una lámpara a gas y la colocó sobre una mesa baja frente a un largo espejo inclinado en un rincón, luego acomodó algunas velas en repisas por toda la casa. Dejó el gabán sobre una mecedora de madera llamada ‘mariapalito’ y se quitó las botas quedando en unos curiosos calcetines que tenían huecos.

¿Mamá?- preguntó el conde.

-Estoy arriba hijo-respondió una voz cansada

Una música estridente llegaba desde el traspatio acompañada de risas. Eran los vecinos, -bulliciosos como siempre- pensó el conde. Él, en cambio, fue hasta un ala de la casa dedicada a la lectura y la música. Abrió la tapa de un antiguo piano alemán que, según la madre, había pasado por varias generaciones en la familia. Y empezó a tocar. Franz Liszt, El valle de Oberman. El sonido de las teclas se esparcía por la casona con una sonoridad de ensueño. La voz de Elfrida desde arriba le interrumpió. -Música de Navidad, por favor-le pidió.

Siguió tocando a Liszt, y esta vez la voz de la madre le interrumpió parada detrás de él. -Hoy ha venido esa mujer a buscarte. No quisiera verla más-.

Los ojos del conde brillaron.

¿Loren?¿Qué dijo?.

-Quería verte. Su presencia me dio náuseas. ¿Acaso sigues con ella?.

-No.¿Por qué?.

¿Qué le diremos a tu prometida la condesa de Santaco…?

La mujer no terminó la frase.El conde cerró con furia la tapa del piano y un acordé destemplado quedó resonando en la recámara que olía a moho y a humo de velas.

La madre guardó silencio y subió las escaleras lentamente.

-Hay panes en la despensa y algo de café-dijo.

La fiesta de los alegres vecinos parecía aumentar. El conde cruzó el amplio patio. Tres perros mestizos corrieron a saludarle.

Se asomó por la tapia. Un grupo de personas disfrutaba con una banda de música folclórica. Ahí estaban las hermosas vecinas. Una de ellas, Catalina, sentada en las piernas de Sebastián Olaquinta, hacendado y exitoso con el dinero,un sujeto que al conde no le caía para nada bien.

Se ocultó antes de ser descubierto. No le quedaba bien a un conde estar espiando a sus vecinas por el traspatio. Miró al cielo y creyó que los luceros decembrinos eran más brillantes. No supo por qué pero en ese instante pensó en Loren, la chica que le buscaba.

La Navidad lo sorprendió tendido en la cama,leyendo un libro a la luz de una vela.

Elfrida en cambio, se había vestido con un traje de grandes hojas verdes, y peinado ella misma. Así la encontró Martina, a las doce de la noche del 24 de diciembre, sentada en la única mecedora que solía usar frente a la ventana que dominaba toda la calle del Bouquet.

Dos panes junto a una jarra de chocolate aún caliente conformaban la cena.

Martina la saludó. -Feliz Navidad, doña Elfrida-se acercó y la tocó, pero de inmediato se llevó las dos manos a la boca abierta, dejando escapar un grito aterrador que retumbó en todas las recámaras de la casa.

Martina subió corriendo hasta la habitación de Guillermo.

El conde estaba sentado en posición de loto con un libro entre las piernas en medio del humo de un cigarrillo armado por él mismo.

Lo conocía desde niño por eso le habló con propiedad.

-Se acabó Guillermo, Elfrida está muerta, cof, cof- Martina tosía por el humo.

-No es cierto, estamos a la espera de la llegada de mi prometida la condesa de…-

Martina le arrancó de las manos cigarrillo y libro y los lanzó hacia la única ventana de la habitación.

-Óyeme bien Guillermo, no vengo a reclamarte los robos que me haces por el traspatio. Tu madre acaba de morir. Se acabó todo esto. No hay ninguna condesa de Santanada y tú no eres ningún conde!.La guionista de todas tus historias acaba de partir de este mundo, ¿me entiendes?.

Al instante, un policía entró a la habitación e iluminó con la luz de un moderno celular todo el interior. Guillermo se llevó las manos a los ojos acostumbrados a las penumbras.-Apáguelo-alcanzó a decir-La luz no es para esta casa-.

Bajó las escaleras acompañado de Martina, madre de aquellas jóvenes del traspatio.

Había ojos curiosos por toda la casa.Alguien dijo: “Es el tipo del gabán”. “El conde”, dijo otro.

“Es el mismo que me robó la otra noche”, dijo Sebastián Olaquinta.

El cadáver de Elfrida estaba siendo acomodado en una camilla. Un par de vecinos habían logrado reconectar el fluido eléctrico de la casona, suspendido hacía tiempo por falta de pagos. Una desbandada de murciélagos huyó en medio de la Nochebuena hacia los modernos edificios que rodeaban aquella estancia de otredad.

Loren también estaba ahí. Lucía una panza enorme. Trató de hablarle a Guillermo que pasó a su lado conducido por dos enfermeros del Centro de Rehabilitación de Adictos donde ya había estado en varias oportunidades.

¿Y el padre?-preguntó un curioso.

-Es él-dijo Loren.

Casona del barrio Manga, en la segunda avenida. Cartagena de Indias.(c) ErnestoTabher Photo.

“Somos vascos”

El viejo Iñigo Olaechea está anclado en el corazón de muchos de nosotros. Le hablo a la grey de mi niñez, ese grupete de gocetas que no sé por dónde andará. En la diáspora o en esta misma ciudad, cada quien haciendo su vida.

De aquellos días, y sé que lo recordarán, el sábado era el mejor. El viejo se iba de caza con los cinco chicos a la sabana y dejaba a las hijas encargadas del negocio y el hogar con Ergiña Portuondo, la matriarca. Así se apellidaba la mujer como la cantante cubana preferida de mi madre. Así estaba escrito en el disco de acetato que sonaba en casa en las mañanas: ‘Solo boleros, por Omara Portuondo’.

Los sábados, mientras algunas de las hijas atendían el negocio, otras ayudaban en el hogar. Más de uno, menos yo por tímido, se deslizó hacia una habitación o un rincón con alguna de ellas. Y aunque mi atención se centraba en Naiara, la menor, no puedo negar la emoción que nos producía ver andar sin desparpajo, por la amplia sala de la casa a las tres hermanas mayores, recién salidas de la adolescencia, con nombres que ahora no preciso, pero que recordaré cuando los oiga por ahí, en alguna esquina del Caribe.

La mayor solía bañarse en una especie de biombo en el patio y aunque nos sabía cerca, parecía disfrutar con aquellos ojos que se filtraban por las rendijas del baño improvisado.

De Naiara, se los confieso, no obtuve nada. Lo intenté de múltiples maneras; con poemas en trozos de papel que entregaba un amigo que terminó siendo un Christian de Neuvilette ya que se atribuía los versos como suyos.

II

En el Caribe,creo, todos tenemos un vecino vasco o a alguien cercano que arrastra consigo mucho de aquel país. En mi caso fue el señor Olaechea, apellido que siempre me sonó a la marca de un reconocido producto dermatológico o que me recordaba las jugadas de rutilantes figuras del fútbol argentino o uruguayo de patronímicos con el mismo afijo.

Hombre de voz profunda y nariz gigante cuyos hijos e hijas tenían nombres raros.

Los Olaechea eran un familión. Vivían en una casona de esquina de la que el viejo sacó provecho para montar la mejor tienda de abarrotes de la cuadra.

Caí en cuenta sobre la influencia vasca en el Caribe, cierto día al llegar al edificio de la Biblioteca Nacional a la que acudo cada tanto cuando me percaté que el nuevo vigilante era de apellido Ormaechea.

El carrete de las vivencias de infancia rodó. Iñigo, un hombre bueno en su coraza de carácter fuerte, detrás del mostrador, siempre acompañando sus despachos con frases en otra lengua que repetía en castellano: “La pereza es la ruina”; “lo pasado jamás vuelve”; “Al hierro ha de golpeársele en caliente”… Aquella tienda nunca tuvo un nombre, pero al fondo, entre los estantes, un letrerito rezaba “Somos vascos”.

Alcanzaba con sus manos grandes dulces de colores, llamados ‘bolones’ y en el lenguaje del viejo: ‘gozokis’ que atesoraba en una hilera de frascos transparentes de tapas de madera. Y detrás, los rostros angelicales de Begoña, Arritokieta, Saura, y por supuesto, Naiara, de ojos grises y largo pelo endrino, aunque la belleza era una característica común en las hermanas Olaechea. Los dulces eran un pretexto para acercarnos al mostrador del sabio narigón.

Nunca faltaron las peleas con algún hermano de las chicas. Uno de ellos, Eider, alto y de cara angulosa, era un peleador imbatible que fungía como el cancerbero de las chavalas que, al final, lograban ingeniárselas para birlar la seguridad del celoso hermano.

Eider se trenzó en una agotadora pelea que fue un hito en el barrio, con el hijo del dependiente de la farmacia, un fornido joven, y el único que pudo noquearlo con un gancho de izquierda a su saliente nariz. Al ver su sangre, Eider corrió hasta donde el viejo Iñigo, quien le dijo: “Tu futuro no está en el deporte de las narices chatas”. Tiempo después me enteré que Saura huyó con el némesis de su hermano, y formó una familia.

Ergina era una madre para todos nosotros, porque ante la ausencia del viejo nos dejaba ir más allá del mostrador y entrar a la casona, nos preparaba sopas y pasteles cuyos sabores y olores deben estar hacinados en algún rescoldo de la memoria.

¿Dónde andará, cómo lucirá ?; oh, por Dios, que tontería pensar en Naiara… Ahora puedo reír pero entonces quedé destrozado cuando me lo contaron. Un sábado que no asistí a la casa de los vascos, el travieso pelafustán que llevaba los papelitos la besó en la boca. Y no pude verla más porque, a aquel corazón infantil roto le sobrevino el alejamiento y este sí que fue el claro ejemplo del separatismo. Sucedió muy rápido: mis padres se mudaron a un condominio al otro lado de la ciudad. No supe más de los Olaechea, ni del viejo Iñigo, ni de ella.

En la biblioteca, el vigilante Ormaechea, fue reemplazado por otro, Goyeneche. “Mi apellido es francés” declaró con cierta cara de orgullo el nuevo. Un bibliotecario le respondió: “tu apellido es tan vasco como el del vigilante anterior”.

Entonces ahora que lo pienso, por estos lares todos somos un poco vascos, o llevamos algo de aquel país, o del familión del viejo Iñigo o de un amor como el de Naiara con nosotros.

Pintura Fernando Biberbost (c)

El estadio de Edson

Campo

Edson. Sí, como Edson Arantes do Nascimento “el rey Pelé”. Su conocimiento sobre el cuidado del césped natural para los campos de fútbol lo llevaba en las venas, tanto como la pasión por ver patear la redonda de parches  en hexágonos y pentágonos blancos y negros. Le gustaba ese estilo tradicional del balón, mucho más que los diseños sicodélicos que surgieron después.
Sobre Pelé, este no era su favorito, ni ‘el Pelusa’ Maradona; era en cambio el jugador salvadoreño Jorge el ‘Mágico’ González. Edson ayudaba a su padre en el mantenimiento del césped del estadio monumental de la ciudad “La gran taza”, como le decían por su forma interplanetaria, igual a la taza en que su madre acomodaba las frutas en la mesa del comedor.
Cierto día se vieron sorprendidos por una cuadrilla de hombres enfundados en chalecos que llevaban una marca: Artifical Camp.
Los hombres se desplazaron por el terreno con cintas métricas, hicieron cálculos, recortaron un pedazo de césped y se llevaron una muestra del suelo.
Edson y su padre, al retornar al día siguiente a “La gran taza”, encontraron a más trabajadores de la misma firma y vehículos parados en medio del campo, que levantaban el césped natural y desplegaban una grama artificial. El padre de Edson exhaló “Dios…”, y se llevó una mano abierta al lado del corazón, mientras que el joven, impávido, observaba cómo los últimos meses de dedicación al césped desaparecían y daban paso a un verde tapiz sintético traído de Europa.
Se marcharon con las cabezas gachas, luego de recibir un cheque de liquidación de parte del administrador del gran estadio. “Lo sentimos mucho”, les dijo el hombre mientras explicaba el ahorro que tendrían en el agua que se usaba en la irrigación, y la eliminación de pesticidas y herbicidas usados en el césped natural. “Es que son nocivos para la salud de los hinchas”, justificó el hombre.
Antes de decir adiós a la que había sido su empresa por años, Edson metió en su bolsa un pedazo de césped natural.
Tenía malas noches, pesadillas. Soñaba que el carrito de la compañía que los desplazó, que esparcía la grama artificial, le pasaba por encima. Una mañana, bajo un sol brillante observaba un viejo balón de parches blancos y negros desinflado que yacía en el patio de su casa. Junto a aquella pelota, debajo de un limonero, había colocado el fragmento de césped natural que sustrajo del estadio.
Hubos meses de lluvia, la tristeza de Edson, sin embargo parecía atemperarse. Trataba de no ver fútbol, ni pensar en su antiguo trabajo, pero era imposible. En su patio el pedazo de césped había crecido y esparcido por todo el área. Fue entonces cuando decidió poner a funcionar la maquina podadora, con regularidad, dándole un aspecto perfecto de cancha de fútbol profesional a aquel tramo de tierra con algunos árboles frutales, por donde correteó de niño detrás de una pelota, soñando ser un crack. Sí, como el ‘Mágico’ González.
Una madrugada sintió que el canto de los pájaros sonaba como el pito de un árbitro en medio de un partido. Tras el canto fuerte de un gorrión sintió que algo como un balón se estrelló contra la puerta del patio. Se levantó y la abrió de inmediato. Allí encontró la vieja pelota. Estaba tensa, inflada, y alguien la había pateado muy fuerte como si hubiera cobrado un tiro penal. El hecho se repitió por semanas y ya se había acostumbrado a los pelotazos en su puerta. Sin salir de la cama, se limitaba a escuchar lo que podía estar sucediendo detrás de la casa. Los tonos de los silbidos de gorrión variaban; como los árbitros, los gorriones y otras aves se turnaban.
“Los vecinos se andan quejando de un bullicio recurrente en el traspatio que no los deja dormir”, le dijo su padre. “Me cuentan que han visto a niños y jóvenes trepar las cercas en las madrugadas y entrar al predio, la gritería es insoportable”, le contó el viejo.
Con los días, las opiniones en la cuadra estaban divididas. Había familias contentas de que sus hijos se levantaran temprano y se fueran a jugar fútbol al patio de Edson.
“Ahora están ya en la fase final de un campeonato”, le dijo un vecino al padre de Edson. “¿Dónde?”, dijo este. “Pues, en su casa, en su patio; ah y nos cuentan que la grama es fenomenal”, le respondió el vecino.
“Ojalá que los monopolios que se están tragando al fútbol, no lo hagan contigo”, sentenció el vecino, como un vaticinio aciago.
Edson, su padre y madre, se habían vuelto madrugadores. Abrían la puerta principal y una estela de moradores cercanos en romería cruzaban su sala con destino al patio. Se colaban vendedores de refrescos y meriendas. Los espectadores se acomodaban como podían, apretujados, agachados, de pie, encaramados en las tapias y los árboles, a ver jugar a un grupo de jóvenes vecinos que habían organizado equipos con nombres de naciones o reconocidos clubes. La cosa se había sofisticado, tanto que emisoras comunitarias con narradores de buen registro llevaban los pormenores de los partidos a los barrios aledaños. Ya era común ver a promotores publicitarios queriendo comprar los derechos de patrocinio de los equipos juveniles. Una tarde alguien tocó a la puerta. Edson abrió. Un hombre que se identificó como vendedor de Artificial Camp, dijo que quería hablarle de una nueva línea de grama artificial para canchas comunitarias.

El mundo es de los mediocres

Les comparto este excelente texto de la escritora Carmen Posadas publicado en enero de este año en XL Semanal de España. Las cosas buenas hay que multiplicarlas.

El mundo es de los mediocres

Por Carmen Posadas

mediocres-e1510129870655Llevo semanas leyendo una biografía de Stalin. Voy despacio, no solo porque es voluminosa (cerca de ochocientas páginas) sino porque lo que cuenta es tan aterradoramente inverosímil que a veces tengo que releer varias veces de pura perplejidad. No hablaré aquí de los veinte a cuarenta millones de víctimas que se le atribuyen. Tampoco de cómo con él se cumple, inexorable, ese refrán que dice que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. ¿Sabían, por ejemplo, que la colectivización, es decir su programa para optimizar la producción agrícola reemplazando las granjas de propiedad individual por koljosescomunales, provocó tal hambruna que los campesinos desesperados devoraban los cadáveres de sus hijos muertos de inanición? Descuiden, no voy arruinarles la mañana de domingo con estas u otras atrocidades, sino que me gustaría reflexionar sobre esta curiosa frase del tío Josif, como a él le gustaba que lo llamasen: “El mundo es de los mediocres” —aseguraba, y lo hacía con conocimiento de causa. “Mediocre y oscuro”— así lo definió Trotsky al poco de conocerlo, sin sospechar que a no mucho andar Stalin lograría no solo eclipsar su rutilante estrella sino hacer que palideciera también al astro rey de la revolución, el mismísimo Lenin.

¿Cómo un hombre poco elocuente, con una inteligencia rústica y cerrado acento georgiano logró abrirse paso entre camaradas mucho más brillantes que él y convertirse en uno de los hombres más poderosos y temidos de la tierra? Precisamente por una para él venturosa conjunción de mediocridad y crueldad a partes iguales. Mediocridad para, en el comienzo de su andadura política, no levantar suspicacias. Una muy útil grisura que le permitió infiltrarse en las esferas dominantes hasta situarse, para asombro de todos, a la par de Lenin. Y crueldad para primero convertirse en imprescindible ocupándose del trabajo sucio y más adelante, una vez alcanzado el poder, utilizándola como implacable arma política hasta hacer tristemente cierta esa otra frase suya que seguro conocen: “Una muerte es una tragedia, pero un millón de muertes es solo estadística”.

“¿De quién se rodea un mediocre cuando está arriba? Obviamente no de personas que puedan hacerle sombra. Por eso en su corte celestial abundan los necios, los tontos útiles y, por supuesto, más mediocres.”

Siempre me han fascinado los mediocres. ¿Qué especial talento tienen para estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso? ¿Cómo consiguen alcanzar metas más elevadas que otras personas más inteligentes, más preparadas, más interesantes? Observando casos notables como el de Stalin pueden sacarse algunas conclusiones. A diferencia de los brillantes, que inevitablemente levantan envidias y recelo, los mediocres vuelan bajo el radar y poco a poco procuran hacerse imprescindibles. Incansables pelotas, los mediocres son tenaces, y cuentan con otra poderosa arma, su propio resentimiento, motor tanto (o más) útil que el entusiasmo, el idealismo, la inteligencia incluso. Los mediocres no serían tan peligrosos si, una vez alcanzada su meta, dejaran de pensar como mediocres. Pero no, cuando tienen éxito, y para proteger la situación que tanto les ha costado alcanzar y que tan grande les queda, se vuelven despóticos, dan órdenes absurdas, caprichosas, injustas. ¿De quién se rodea un mediocre cuando está arriba? Obviamente no de personas que puedan hacerle sombra. Por eso en su corte celestial abundan los necios, los tontos útiles y, por supuesto, más mediocres. Otra de sus tácticas es, puesto que no pueden hacerse admirar, hacerse temer. Y bien que lo logran practicando el divide y vencerás, la arbitrariedad y hasta la crueldad más refinada.

Paradójicamente, y por fortuna, la vida a veces se toma sus curiosas revanchas. En el caso de Stalin, por ejemplo, era tal el pavor que inspiraba que, al final de sus días, la parca le tenía reservada una sorpresa. Una noche le sobrevino un ataque cerebrovascular. Durante casi 48 horas estuvo agonizando sobre sus propios orines y excrementos sin que nadie se atreviera a abrir su puerta. Cuando por fin lo hicieron, los médicos no querían tocarlo siquiera (meses atrás había mandado fusilar a su galeno de cabecera). Su agonía se alargó durante días. No podía hablar ni mover un músculo pero sí ver la cara de satisfacción de sus herederos políticos rodeando su cama. Un fin a la medida de tan cruel mediocre.

__________

 

Publicado en enero de 2017 en XL Semanal.

El imaginario colectivo en blanco y negro

Hacer un repaso por la historia del cine en blanco y negro, su forma primigenia, implica remontarse las imágenes de la gente saliendo de una fábrica en el fotograma  “La Sortie des usines Lumière à Lyon” estrenado en 1895; o viajar en el tiempo a 1927 e imaginarse sentado en una de las 1300 sillas del Teatro Lansdowne en  Filadelfia, repleto los fines de semana en donde asiduos cinéfilos esperaban largometrajes como el icónico film  urbano de una sociedad distópica en la inigualable y recursiva “Metrópolis” del director Fritz Lang.

Imaginar a esos espectadores viendo la escena del samurai y la damisela en medio del jardín florido en “Los siete samurais” de Akira Kurosawa en 1954 implica ver que no hacía falta el color para saber de los tonos del escenario en que hablaban los dos personajes. Allí el suspenso se apoderó de parejas en el estreno de “Psicho” de Alfred Hitchcock en 1960.

En blanco y negro empezó la pasión que se mantuvo por más de 70 años, no solo en el Lansdowne, sino en los teatros que se multiplicaron en el mundo con carteleras que promocionaban las últimas producciones, lejos del color. Desde el Charlot de Chaplin en 1914 con “Ganándose el pan” y “Tiempos modernos”en 1936;  hasta el Dr. Strangelove de Stanley Kubrick en1964, podríamos mencionar unas 50 películas más en blanco y negro, clásicos que pusieron a soñar a la gente producto de unos locos de la creatividad que formaron el séptimo arte.